(Génesis 2:24) Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

Este versículo condensa el proyecto original de Dios para el funcionamiento correcto del matrimonio, el cual supone primero una separación y luego un tejido de unión, al reconfigurar las relaciones existentes mientras se establece una relación completamente nueva. El matrimonio cambia todo.

Las parejas que no toman en serio este mensaje de «partida» y «apego», cosecharán las consecuencias más adelante, cuando les sea mucho más difícil reparar los problemas, que van surgiendo, sin herir a alguien.

«Partir» significa que rompes un vínculo natural. Al casarte tus padres pasan a cumplir la función de consejeros a quienes hay que respetar, pero ya no pueden decirte qué hacer. A veces, la dificultad para ponerlo en práctica viene de la fuente original. Quizás, un padre no esté preparado para soltarte de su control y sus expectativas, ya sea por una dependencia poco saludable o por luchas interiores con el sentimiento del nido vacío, ya que los padres no siempre asumen, correctamente, su parte de la responsabilidad. En estos casos, el hijo adulto debe tomar la valiente decisión de «partir» por su cuenta. Y con demasiada frecuencia, esta separación no se hace adecuadamente.

En un gran número de casos los hijos siguen dependiendo de sus padres después del matrimonio; en los retos anteriores hablamos de un orden de prioridades, podemos resumirlas de nuevo:

(Mateo 22:37) Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. (Mateo 22:38) Este es el primero y grande mandamiento. (Mateo 22:39) Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El primer lugar de nuestra vida lo debe ocupar Dios, el segundo, para los que somos casados lo debe ocupar nuestro cónyuge, y si tenemos hijos, éstos ocupan el tercer lugar, y después de éstos, los padres… y así cada vez más el orden de prioridades cambia con base en la situación en que estemos, pero manteniendo invariable el lugar de Dios.

Un consejo importante a tener en cuenta: cuando te casas debes cortar el cordón umbilical que te mantiene unido a tus padres, ellos pasan a ocupar un lugar de consejería mas no de autoridad; no debes permitir el uso de autoridad de ellos en tu relación matrimonial.

El reto de hoy: ¿Todavía hay alguna área en la que no hayas sido lo suficientemente valiente como para «partir»? Confiésala a tu cónyuge hoy mismo y decide solucionarla. La unidad de tu matrimonio depende de eso. Luego, comprométete con tu cónyuge y con Dios a transformar tu matrimonio en la prioridad sobre toda otra relación humana.

Un servidor en Cristo; L. Felipe Torres M.