“Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él” (Juan 4:28-30).

Uno de los mejores evangelistas mencionados en el Nuevo Testamento era una mujer. Ella tuvo más éxito de lo que jamás podríamos esperar. A causa de sus esfuerzos, muchos de su pueblo creyeron en Jesús.

Ciertamente siento vergüenza si intento compararme con ella. Esta samaritana humilde tuvo mucho éxito pese a varias desventajas: era mujer, tenía reputación de ser una persona inmoral y no sabía casi nada de Jesús.

Hubo por lo menos tres claves que contribuyeron a su éxito y son dignas de nuestra imitación.

Primero, se puede inferir que la mujer samaritana habló con mucho entusiasmo, el cual surgió de una fuerte convicción en Jesús como el Mesías prometido. Estaba tan emocionada que dejó su cántaro — la razón por la cual había ido al pozo originalmente — y llevó el fervor de su descubrimiento a la ciudad, dando testimonio diciendo: “Me dijo todo lo que he hecho” (Juan 4:39). Del mismo modo, es necesario que estemos completamente convencidos del mensaje de salvación para poder anunciarlo a otros con el mismo entusiasmo.

En segundo lugar, el hecho de que no sabía casi nada acerca de Jesús no le impidió a la hora de enseñar a otros. Ella sí sabía dos cosas: que Jesús hacía milagros y que decía que era el Cristo. La mujer predicó lo que sabía. Nosotros no sabemos todo, pero sí podemos decir a los demás lo que sabemos.

Por último, la mujer samaritana llevó a los hombres a Cristo. Ellos más tarde le dijeron, “Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan 4:42). Debemos acordarnos siempre que el poder de convertir a los demás no está en nosotros ni en nuestras palabras, sino en Jesús y sus palabras.

–Brigham Eubanks