Siento una profunda admiración e interés por la vida de un hombre que supo hacer lo que Dios desea de sus criaturas. Caminar con Dios es algo que todo ser humano debería poder hacer. Sin embargo, la futilidad de la vida y los muchos afanes nos hacen olvidar lo que realmente es importante. Espero en Dios que estas breves notas homiléticas sobre el caminar con Dios le ayuden a comprender esta grandiosa verdad y que experimente en usted la necesidad de hacerlo. Mi oración y ruego a Dios por todos vosotros es para salvación en Cristo Jesús.
Al abrir las páginas de Génesis 5, nos encontramos con lo que parece ser una crónica de la derrota humana. El texto repite un estribillo sombrío y constante: «y murió… y murió… y murió». Hermenéuticamente, este capítulo es el registro del reinado de la muerte sobre la humanidad como consecuencia del pecado de Adán. Sin embargo, en medio de este desfile fúnebre, aparece una figura que rompe el patrón literario y teológico: Enoc, el séptimo desde Adán.
Desde una perspectiva dialéctica y razonable, debemos preguntarnos: ¿Por qué la biografía de Enoc no termina con la palabra «muerte»? La respuesta no reside en un milagro arbitrario, sino en una decisión de vida. Aplicando la lógica de Amós 3:3, entendemos que «no pueden andar dos juntos si no estuvieren de acuerdo». Por tanto, para que Enoc caminara con Dios en un mundo que le era contrario, tuvo que existir una reconciliación previa y un ajuste total de su voluntad a la de su Creador.
Ahora, no estamos hablando de un éxtasis místico ni de un retiro eremita. El «caminar con Dios» (hithhallekh eth haelohim) de Enoc indica una comunión estrecha, confidencial y continua. No fue un evento de un domingo, sino un trayecto de 300 años que afectó su vida familiar y su testimonio público. Las fuentes nos enseñan que caminar con Dios es la «parte práctica y vivencial de la piedad verdadera». Es poner a Dios siempre delante de nosotros y actuar bajo Su mirada constante.
Hoy nos reunimos para analizar la naturaleza de este caminar. En un mundo que sigue la línea de Caín —marcada por la violencia y el orgullo—, la iglesia tiene la necesidad imperante de recuperar el paso de Enoc. No caminamos con Dios por un impulso emocional, sino por una fe que busca agradarle, sabiendo que Él es galardonador de quienes le buscan (Hebreos 11:5-6).
Si la muerte es la consecuencia del pecado, el caminar con Dios es, según las fuentes, la llave de las cadenas de la maldición. En esta serie, aprenderemos que caminar con Dios no es simplemente «ir a la iglesia», sino mantener una relación dialógica de obediencia, servicio y plegaria constante.
Caminar con Dios es como el ajuste de un reloj de precisión con un patrón maestro: si el reloj del hombre no está sincronizado con el tiempo de Dios, por más que se mueva, nunca llegará a la cita eterna. Caminar con Él es permitir que Su Palabra sea el engranaje que mueva cada uno de nuestros segundos, para que al final de la jornada, no sea la muerte la que nos alcance, sino Su presencia la que nos reciba.




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