El matrimonio tiende a alterar nuestra visión o percepción de la realidad. Entramos a él con la expectativa de que nuestro esposo, o esposa, siempre satisfaga nuestras esperanzas y nos haga felices; pensar así es utópico, pues para nuestro cónyuge esto no es posible cumplirlo al 100%. Si basas la relación matrimonial en expectativas poco realistas, se van a generar profundas desilusiones. Cuánto más altas sean tus expectativas, habrá mayor probabilidad que tu cónyuge te falle y te cause frustración.
Si tú, mujer, esperas que tu esposo siempre llegue a tiempo, limpie lo que ensucia y comprenda todas tus necesidades, es probable que pases toda la vida de casada desilusionada. En cambio, si eres realista y comprendes que él es humano, olvidadizo y a veces desconsiderado, te alegrarás más cuando sí sea responsable, amoroso y amable.
El divorcio es casi inevitable cuando las personas no permiten que sus cónyuges sean humanos. Así que es necesario que hagas una transición en tu forma de pensar. Debes decidir vivir guiado por el aliento en lugar de las expectativas. Más allá de tu aliento amoroso y de la intervención de Dios, es probable que, en el futuro, tu cónyuge sea igual a lo que ha sido durante los últimos diez años. El amor se concentra en la responsabilidad personal y en superarse, en lugar de exigir más de los demás.
Jesús lo explicó cuando habló sobre una persona que vio una «mota» en el ojo de su hermano, pero no notó la «viga» del propio.
«¿O cómo puedes decir a tu hermano: «¿Déjame sacarte la mota del ojo”, cuando la viga está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la mota del ojo de tu hermano» (Mateo 7:4-5).
Procuren ayudarse y comprender que ninguno de los dos es perfecto, que requieren el apoyo constante del otro para ser mejores cada día.
Esposo, esposa: no busques o exijas que tu cónyuge sea perfecto, procura más bien verte a través de él y comprender que de eso se trata la humanidad, que siempre necesitemos de Dios en nuestros hogares.
Un servidor en Cristo; L. Felipe Torres M.
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