La Doctrina de los Himnos en la Iglesia Primitiva…
Lecciones bíblicas de la historia de nuestros cánticos para la adoración del primer siglo.
Por Luis Felipe Torres
Versículo clave: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros con toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales» (Colosenses 3:16).
Analogía
Hermanos, imaginemos por un momento a un agricultor que hereda un terreno de su abuelo. Ese terreno ha sido trabajado por generaciones. El abuelo le dejó también un viejo cofre de madera con herramientas: un arado oxidado, una hoz, una azada. El agricultor puede hacer dos cosas: una, venerar el cofre y las herramientas como si fueran reliquias sagradas, colgarlas en la pared y adorarlas. Dos, tomar esas herramientas, entender para qué fueron diseñadas, aprender de la sabiduría del abuelo al usarlas, y luego salir al campo a trabajar la tierra conforme a los principios que el abuelo le enseñó.
Así ocurre con la historia de los himnos. Podemos coleccionar anécdotas, fechas y nombres como quien colecciona sellos postales. O podemos aprender de nuestros padres en la fe cómo la Palabra de Cristo ha sido cantada por el pueblo de Dios a lo largo de los siglos, y luego volver al patrón inspirado que el Señor nos dejó en el Nuevo Testamento. Este curso no busca convertirnos en historiadores, sino en adoradores fieles que entendemos por qué cantamos, qué cantamos, y cómo hacerlo conforme a la voluntad de Dios.
Introducción
¿Alguna vez han cantado «Cuán grande es Él» y han sentido que el cielo se abre? ¿O han escuchado «Sublime gracia» y han derramado lágrimas? Es hermoso. Pero permítanme preguntar algo más importante: ¿Sabemos si lo que cantamos es verdad? ¿La letra de ese himno se sostiene bajo el escrutinio de las Escrituras? ¿La emoción que sentimos proviene del Espíritu Santo revelado en la Palabra, o es simplemente un sentimentalismo cultural?
La historia de los himnos evangélicos es fascinante. Tenemos relatos conmovedores: Carl Boberg caminando bajo una tormenta en Suecia y escribiendo «Cuán grande es Él»; Horatio Spafford perdiendo a sus cuatro hijas en el naufragio del Ville du Havre y escribiendo «Alcancé salvación»; John Newton, ex-traficante de esclavos, componiendo «Sublime gracia». Estas historias nos edifican, nos muestran la fidelidad de Dios en medio del sufrimiento.
Pero debemos tener cuidado. La iglesia de Cristo en el primer siglo no tenía himnarios impresos. No tenía coros, ni directores de alabanza, ni bandas. Tenían algo mejor: tenían la doctrina de los apóstoles, tenían el ejemplo inspirado, y tenían el mandato de cantar con el entendimiento.
En esta lección, vamos a estudiar tres principios hermenéuticos fundamentales que nos ayudarán a evaluar y dirigir los himnos en la iglesia local. No vamos a rechazar la historia —Dios ha obrado en ella—, pero vamos a someterla a la Palabra. Como nos enseña claramente la hermenéutica: «Debemos usar el sentido común al estudiar para interpretar la Biblia; es decir, debemos usar los mismos medios de interpretación que usamos para entender una conversación, o para entender otros libros y documentos, porque la Biblia no es un libro místico o misterioso».
Punto principal 1: El canto congregacional en la iglesia primitiva era doctrina cantada, no entretenimiento.
- El propósito del canto es enseñar y exhortar.
- Cuando Pablo escribe a los colosenses y a los efesios, es extraordinariamente claro acerca de la función del canto. Dice:
- «enseñándoos y exhortándoos unos a otros con toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales» (Colosenses 3:16).
- Noten el orden: primero la Palabra de Cristo mora en abundancia, luego cantamos. El canto no es un ejercicio vocal para calmar los nervios o crear un ambiente agradable. El canto es un acto de enseñanza mutua. Cuando usted canta, está enseñando al hermano que está a su lado. Cuando usted escucha cantar, está siendo exhortado por el hermano que está al frente.
- En Efesios 5:18-19, Pablo contrasta el canto espiritual con la embriaguez: «no os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones». El canto lleno del Espíritu es el canto que procede de una mente renovada por la verdad.
- Cuando Pablo escribe a los colosenses y a los efesios, es extraordinariamente claro acerca de la función del canto. Dice:
- El canto debe ser con entendimiento, no con repetición vacía.
- Pablo también escribe a los corintios: «¿Qué, pues? Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento» (1 Corintios 14:15). Esto es crucial. El culto que agrada a Dios no es el que se hace por inercia o tradición, sino el que involucra la mente renovada.
- La historia de los himnos nos muestra que en el siglo XVII, muchas iglesias cristianas cantaban salmos bíblicos en versos de manera tan monótona y sin vida que el joven Isaac Watts llegó a quejarse. Su padre le respondió: «¡No te quejes y escribe algo mejor!» Y Watts compuso más de 650 himnos. ¿Qué hizo Watts? Parafraseó las Escrituras, citó directamente los textos, evitó la complejidad y usó imágenes vivas. En otras palabras, hizo que la gente entendiera lo que cantaba.
- Pero aquí hay una advertencia: la buena intención no es suficiente. Un himno puede ser emocionante, puede tener una historia hermosa, pero si su contenido contradice la sana doctrina, no debe ser cantado en la asamblea. El himno «Sublime gracia», por ejemplo, es hermoso. Pero debemos cantarlo entendiendo que la «gracia» bíblica no es irresistible, ni es una licencia para pecar. Como dice Tito 2:11-12: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente».
- Los himnos del primer siglo eran salmos, himnos y cánticos espirituales.
- El Nuevo Testamento menciona tres categorías: salmos (los salmos del Antiguo Testamento, cantados con instrumentos en el templo, pero ahora ofrecidos como sacrificio de alabanza), himnos (composiciones de alabanza a Cristo, posiblemente como los que encontramos en Filipenses 2:6-11 o Colosenses 1:15-20), y cánticos espirituales (composiciones espontáneas o nuevas, edificadas sobre la verdad revelada).
- Cuando Jesús instituyó la cena del Señor, Mateo nos dice: «Y después de cantar un himno, salieron al monte de los Olivos» (Mateo 26:30). El himno que cantaron era probablemente el Hallel (Salmos 113-118). Allí está el modelo: el Señor mismo cantó salmos del Antiguo Testamento aplicados a la nueva realidad del reino.
- La aplicación práctica es esta: No todo himno escrito por un cristiano sincero es automáticamente apto para el culto. Debemos evaluar su contenido doctrinal a la luz de las Escrituras. Como nos enseña la hermenéutica: «Si alguna enseñanza es bíblica, se revela en una o más de estas formas y podemos encontrarla en ciertos libros, capítulos y versículos bíblicos. La verdad no es abstracta o vaga. ¡Toda verdad que proviene de Dios se puede presentar en una proposición clara!»
Punto principal 2: La música en el culto fue transformada por la Reforma, pero debemos volver al patrón del primer siglo.
- La Reforma recuperó el canto congregacional en lengua vernácula.
- La historia nos dice que «la participación vocal activa de los fieles en el culto constituye uno de los motores principales de la Reforma». Martín Lutero, Juan Calvino y otros reformadores insistieron en que la congregación debía cantar en su propia lengua, entendiendo lo que decía. Calvino escribió: «el propio del hombre es cantar sabiendo lo que dice».
- Esto es bíblico. Pablo ya había establecido este principio en 1 Corintios 14:19: «pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a los otros, que diez mil palabras en lengua desconocida». Si cantamos en español, pero la letra es teológicamente confusa o directamente errónea, estamos cantando «en lengua desconocida» para el entendimiento.
- Sin embargo, la Reforma no restauró completamente el patrón del Nuevo Testamento en dos áreas cruciales: (1) muchos reformadores mantuvieron el uso de instrumentos musicales en el culto, y (2) algunos introdujeron coros y solistas que sustituyeron el canto congregacional.
- El Nuevo Testamento no autoriza instrumentos musicales en el culto de la iglesia.
- Aquí debemos aplicar el principio hermenéutico del silencio de las Escrituras. Como nos dice el hermano Wayne Partain en su libro «Estudiar y usar bien la Palabra»: «Se debe respetar el silencio de las Escrituras. Muchos defienden el uso de instrumentos de música en el culto y su defensa es que «El Nuevo Testamento no lo prohíbe». No lo prohíbe explícitamente; no dice en tantas y cuantas palabras, «El uso de instrumentos de música en el culto está prohibido», pero prohíbe la práctica de la misma manera que Moisés prohibió que los hombres de la tribu de Judá se escogieran para ser sacerdotes, es decir, lo prohibió al no decir nada al respecto. Esta es una inferencia necesaria».
- Veamos los textos:
- «hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones» (Efesios 5:19).
- La palabra griega para «cantando» es adontes (ἄδοντες), que significa literalmente emitir sonidos vocales con ritmo y melodía. Cuando Pablo quería referirse a tocar un instrumento, usaba la palabra psallo (ψάλλω). Pero en el primer siglo, psallo ya había cambiado su significado. Como nos dice el hermano Wayne Partain en su libro «Estudiar y usar bien la Palabra»: «Originalmente la palabra PSALLO abarcaba la idea tanto de tocar como de cantar, pero tuvo cambio de significado, y cuando se usó en el Nuevo Testamento ya había perdido el significado de tocar y solamente significaba ‘cantar’».
- ¿Dónde está el mandamiento de tocar instrumentos? No existe. ¿Dónde está el ejemplo apostólico de usar instrumentos? No existe. ¿Dónde está la inferencia necesaria que los autorice? Tampoco existe. Por lo tanto, el silencio del Nuevo Testamento es concluyente: el culto de la iglesia del primer siglo era a capela.
- La historia de los himnos nos muestra cómo se perdió y recuperó el canto bíblico.
- Se describe la situación antes de Watts: «Cada línea del salmo era recitada —a menudo cantada— por una voz líder que debía ser contestada por la congregación… El resultado era un caos semi-improvisado». ¿Por qué ocurrió esto? Porque la iglesia se había alejado del principio bíblico de que todos los hermanos participan activamente en el canto.
- El Nuevo Testamento es claro: «enseñándoos y exhortándoos unos a otros» (Colosenses 3:16). No dice «el coro enseña a la congregación», ni «el solista exhorta a los hermanos». Dice «unos a otros». Esto implica participación mutua, todos cantando, todos enseñando, todos exhortando.
- Watts ayudó a recuperar la claridad textual, pero aún mantuvo prácticas que no se corresponden con el patrón neotestamentario. Nosotros debemos ir más allá: no solo cantar con entendimiento, sino hacerlo de la manera que el Señor ordenó: todos juntos, sin instrumentos, con el corazón y la mente.
Punto principal 3: La historia de un himno puede edificarnos, pero no puede establecer doctrina.
- Las historias conmovedoras no autorizan prácticas no bíblicas.
- Leamos lo que ocurrió con «Alcancé salvación». Horatio Spafford perdió a sus cuatro hijas en un naufragio. Mientras su barco pasaba por el lugar donde sus hijas habían muerto, bajó a su camarote y escribió: «Si en paz y esperanza mi vida está, o cúbreme un mar de aflicción, cualquiera que sean mis luchas diré: Alcancé salvación por su cruz». ¿Es conmovedor? Sí. ¿Es edificante? También. ¿Pero acaso esta historia nos da autoridad para cambiar el orden del culto? No.
- Pablo advierte: «Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal,» (Colosenses 2:18). La historia de la iglesia, por edificante que sea, no es inspirada. Solo la Escritura es inspirada (2 Timoteo 3:16-17).
- La tradición humana no puede suplantar los mandamientos de Dios.
- Jesús confrontó a los fariseos con estas palabras: «Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición» (Marcos 7:9). ¿Cuál era el problema? Los fariseos habían añadido mandamientos humanos que hacían nula la Palabra de Dios.
- Hoy algunos hermanos quieren añadir al culto: coros, solos, dúos, tríos, cuartetos, orquestas, bandas de alabanza. ¿Dónde está el mandamiento? ¿Dónde está el ejemplo? ¿Dónde está la inferencia necesaria? No la hay. Y cuando añadimos lo que Dios no ordenó, estamos siguiendo el mismo camino de los fariseos.
- La hermenéutica es enfática: «Debemos hablar donde la Biblia habla y callar donde ella calla. No conviene saber más de lo que está escrito (1 Corintios 4:6)».
- Los himnos verdaderamente bíblicos reflejan la doctrina del Nuevo Testamento.
- Analicemos algunos himnos a la luz de la Escritura:
| Himno | Afirmación doctrinal | ¿Es bíblica? |
| «Cuán grande es Él» | «Mi corazón entona la canción» | Sí, el canto procede del corazón (Efesios 5:19) |
| «Sublime gracia» | «Que a un infeliz, salvó» | Sí, la gracia salva al pecador (Efesios 2:8-9) |
| «Alcancé salvación» | «Alcancé salvación por su cruz» | Sí, la salvación es por la cruz (1 Corintios 1:18) |
| «En el monte Calvario» | «En la cruz do su sangre Jesús derramó» | Sí, la sangre de Cristo nos limpia (1 Juan 1:7) |
- Sin embargo, debemos tener cuidado con algunos himnos que introducen conceptos ajenos a la sana doctrina. Por ejemplo, himnos que enseñan la salvación por fe sola sin mencionar el bautismo, o himnos que hablan de «gracia irresistible», o himnos que presentan a Jesús como un amigo nada más, sin reconocerlo como Señor y Juez.
- Santiago dice: «Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos, sabiendo que recibiremos mayor condenación» (Santiago 3:1). Si dirigimos himnos, estamos enseñando. Si enseñamos, debemos enseñar la verdad. Por eso es vital que seleccionemos himnos que se alineen con «la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 3).
Aplicaciones Prácticas
- Aplicación 1: Examine cada himno antes de introducirlo en la congregación.
Hermanos, si usted es de los que eligen los himnos para el culto, tiene una responsabilidad enorme. No elija un himno solo porque la melodía es bonita o porque a la hermana Fulana le encanta. Pregunte: ¿Esta letra enseña la verdad acerca de Dios, de Cristo, del Espíritu Santo, de la salvación, de la iglesia, del bautismo, de la segunda venida? Si un himno contradice algún punto de la sana doctrina, aunque tenga la historia más conmovedora del mundo, no debe ser cantado en la asamblea. - Aplicación 2: Cante con entendimiento, no solo con emoción.
Cuando cante, piense en lo que está diciendo. Si canta «Sublime gracia», recuerde que la gracia no es una excusa para pecar (Romanos 6:1-2). Si canta «Cuán grande es Él», recuerde que la grandeza de Dios se ve en Su Hijo Jesucristo (Hebreos 1:1-3). Si canta «En el monte Calvario», recuerde que la cruz no es un adorno, sino el lugar donde su pecado fue pagado (1 Pedro 2:24).
Pablo dice: «cantaré con el entendimiento» (1 Corintios 14:15). No deje su cerebro en la puerta del edificio. Traiga su mente renovada a la adoración. - Aplicación 3: Enseñe a sus hijos la historia bíblica del canto.
No se limite a contarles la historia de Carl Boberg o de John Newton. Cuénteles primero la historia de David componiendo salmos, de los levitas cantando en el templo, de Jesús cantando con sus discípulos, de Pablo y Silas cantando en la cárcel (Hechos 16:25). Muéstreles que el canto congregacional es una práctica apostólica, no una innovación cultural. Y enséñeles a evaluar todo himno por la Palabra de Dios.
Conclusión
Hermanos, la historia de los himnos evangélicos es un tesoro de testimonios de la fidelidad de Dios. Carl Boberg, Horatio Spafford, John Newton, George Bennard, Philip Bliss —todos ellos nos dejaron un legado de canciones que han bendecido a millones. Y podemos aprender de ellos, siempre que no coloquemos sus escritos al mismo nivel que las Escrituras.
Pero nuestro modelo no es el siglo XVIII ni el siglo XIX. Nuestro modelo es el primer siglo. Nuestro patrón es el Nuevo Testamento. Nuestro ejemplo son los apóstoles inspirados. Nuestra autoridad es Cristo, quien nos mandó cantar, enseñar y exhortar unos a otros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando con gracia en nuestros corazones al Señor.
Que Dios nos ayude a ser una iglesia que canta la verdad, que canta con entendimiento, que canta sin instrumentos (porque no los necesitamos, pues el corazón es el instrumento que Dios diseñó), y que canta con la certeza de que estamos adorando «en espíritu y en verdad» (Juan 4:24).




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